Oyilon


Existía un pueblo llamado Himiko, envuelto en rumores sombríos. Se decía que, al caer la noche, la iluminación se tornaba roja y todos los habitantes debían apagar las luces a las 10 PM, porque, de no hacerlo, un monstruo podía entrar en sus casas.

Estos rumores se extendían por la ciudad como un susurro inquietante. Un adolescente llamado Oyilon estaba obsesionado con ellos. Había devorado artículos y libros sobre el enigmático pueblo, ansioso por descubrir la verdad detrás de las leyendas.

Un día, durante las vacaciones de verano, sus padres le anunciaron que irían de viaje a Himiko, donde vivía su abuela, a la que no veía desde hacía años. Oyilon trató de convencerlos de ir a otro lugar, pero sus padres insistieron en que visitarían a la abuela y que no había nada que temer.

Oyilon pasó horas intentando encontrar una forma de evitar el viaje, pero no tuvo otra opción. Empacó sus cosas y al día siguiente partieron. Durante el viaje, atravesaron campos hermosos bajo un cielo amenazadoramente gris, y Oyilon se quedó dormido.

Horas después, despertó y ya habían llegado. Saludó a su abuela y se retiraron a dormir. Lo extraño fue que su abuela salió de la casa sin decir una palabra. 

Al día siguiente, los reportajes sobre personas desaparecidas en el pueblo inundaban las noticias.

Era algo devastador, y Oyilon sintió el impulso de investigar. Por la noche, su abuela volvió a salir y, al día siguiente, más personas desaparecieron. Oyilon empezó a sospechar que algo siniestro pasaba con su abuela y decidió seguirla una noche.

Lo que vio lo dejó helado. Su abuela se transformaba en un monstruo grotesco, con garras afiladas, colmillos y ojos rojos como la sangre. El monstruo entraba en las casas y devoraba a sus víctimas sin piedad. Oyilon intentó escapar, pero era demasiado tarde. El monstruo lo vio y lo reconoció, era su nieto.

Una mañana, Oyilon despertó con una sensación de horror indescriptible: sus padres habían desaparecido. Lo que no sabía era que el monstruo, su abuela, estaba detrás de él, acechándolo en las sombras. No pudo ver más.

Pasaron meses y nadie supo qué pasó con Oyilon y sus padres. El pueblo quedó desierto, y solo quedaba el monstruo, gobernando la oscuridad.

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