Tarde de lluvia

 Tarde de lluvia


Era una tarde gris y lluviosa. El viento soplaba con fuerza, haciendo que los árboles del colegio se balancearan como si fueran de papel. El ambiente se volvía cada vez más frío, y la sensación de soledad se intensificaba. El colegio estaba vacío; eran vacaciones y solo quedaba el vigilante, Jesús.


Jesús caminaba por el pasillo del primer piso, sus pasos resonando en el vacío edificio. El pasillo daba al exterior, permitiendo que la brisa fría y húmeda de la lluvia le llegara, haciendo que se estremeciera ligeramente. La monotonía del sonido del agua al golpear el suelo lo mantenía en un estado de calma vigilante. Sin embargo, un movimiento rápido captó su atención. Algo había cruzado uno de los patios interiores a gran velocidad, difuminado por las cortinas de lluvia.


Decidido a investigar, Jesús se ajustó su impermeable y se dirigió hacia la cafetería. El viento le golpeaba el rostro mientras caminaba, y podía sentir la llovizna en el aire. Pensó que tal vez se trataba de un animal buscando refugio del mal tiempo.


La cafetería estaba parcialmente al exterior, con una parte cubierta por una malla sol que dejaba pasar la luz pero mantenía fuera la lluvia más fuerte. Una barra dividía la cocina del área de comedor. Al acercarse a la entrada, el ambiente se volvió más tenso. La oscuridad interior contrastaba con la tenue luz exterior, creando un escenario inquietante. Abrió la puerta lentamente, permitiendo que el viento la empujara con un chirrido siniestro.


Dentro de la cafetería, Jesús avanzó cautelosamente, tratando de no hacer ruido. Cada paso resonaba en el silencio del lugar. De repente, un sonido lo detuvo en seco. No era el ruido de un animal común; era una respiración pesada y un aullido bajo, gutural. Un escalofrío recorrió su espalda mientras se daba cuenta de que lo que había oído no era lo que esperaba.


El sonido creció, resonando en la estructura de metal y vidrio de la cafetería. Jesús intentó retroceder sin hacer ruido, su corazón latiendo con fuerza en el pecho. Pero antes de que pudiera dar un paso más, sintió una presencia detrás de él. Lentamente, giró la cabeza y sus ojos se encontraron con la oscuridad donde se escondía la bestia. Sus ojos brillaban con un fulgor siniestro en la penumbra.


La bestia, una criatura de pesadilla, avanzó lentamente hacia él. Jesús sabía que tenía que huir, pero sus piernas se sentían como si fueran de plomo. Dio un paso hacia atrás, luego otro, y finalmente giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta, el sonido de la bestia persiguiéndolo en cada paso.


El viento y la lluvia se intensificaron mientras Jesús corría por el pasillo, su respiración entrecortada por el miedo. Llegó al final del pasillo y cerró la puerta de golpe, atrancándola con todo lo que pudo encontrar. Afuera, la bestia aulló, su sombra visible apenas a través de las rendijas de la puerta.


Jesús se quedó quieto, temblando, esperando a que la criatura se fuera. El viento seguía aullando, y la lluvia continuaba cayendo, pero el sonido de la bestia finalmente se desvaneció. Solo entonces se permitió relajarse un poco, aunque sabía que la tranquilidad no duraría mucho.


El colegio ya no era el lugar seguro que siempre había conocido.

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