La cabaña
En el corazón de un bosque impenetrable, donde las sombras danzaban como espectros bajo la luz mortecina, se alzaba una cabaña abandonada, sus ventanas vacías como cuencas oculares que observaban un pasado olvidado. Un grupo de amigos, atraídos por el misterio como polillas a una llama, decidieron desafiar el silencio y pasar sus vacaciones en aquel lugar impregnado de un aura inquietante. Los primeros días transcurrieron entre risas y fogatas crepitantes, pero la alegría pronto se desvaneció como el humo en el aire nocturno.
La primera señal de que algo andaba mal llegó con la desaparición de Ben. Había ido al río cercano a buscar agua, pero nunca regresó. Su mochila yacía abandonada en la orilla, como un testimonio mudo de su ausencia. Un silencio pesado se instaló en la cabaña, un silencio que resonaba con la pregunta sin respuesta: ¿Qué le había pasado a Ben?
Luego fue el turno de Sarah. Una noche, mientras el grupo compartía historias alrededor del fuego, Sarah se levantó sin decir una palabra y desapareció en la oscuridad. No dejó nota, ni un rastro de su destino. La incertidumbre carcomía las mentes de los restantes: ¿Había huido? ¿Se había perdido? ¿O algo la había arrastrado hacia la espesura del bosque?
Sophie, la más alegre del grupo, fue la siguiente en desaparecer. Una noche, mientras dormían, se escuchó un grito, corto y aterrador, que resonó en la oscuridad. Al despertar, Sophie ya no estaba. El miedo se apoderó de los corazones de los que quedaban. La risa se convirtió en un eco distante, reemplazada por un silencio sepulcral que se quebraba solo por el susurro del viento entre los árboles.
La noche se cernía sobre ellos, eterna e implacable, mientras la bestia jugaba con su presa, esperando el momento perfecto para atacar. Un grito desgarrador rompió el silencio, seguido de un golpe seco y el sonido de algo arrastrándose. Luego, un silencio sepulcral. El sol comenzó a filtrarse por las rendijas de la cabaña, pero Tom, Emma y Alex no se movieron. Sus manos temblaban, aferrándose a los primeros objetos estaban ahí: un hacha oxidada, un cuchillo de caza, una linterna que emitía una luz azulada. Sus ojos estaban abiertos, fijos en la oscuridad, reflejando un horror indescriptible.
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